martes, 2 de mayo de 2017

Sollozos




Sollozos
Por Roberto Cossa

En mis años mozos el café cortado no tenía buena imagen. Por ejemplo, en el bar Luxor de Cuenca y Melincué nadie pedía café cortado. No quedaba bien. Nadie lo decía, pero era un síntoma de flojera. Hasta de cierta femineidad. No llegaba a ser de maricón. Eso no. De maricón era jugar al tenis. Pero, de hecho, nadie pedía café cortado. Y el que lo pedía aclaraba que se debía a razones de salud. Si alguien padecía de úlcera, tenía el permiso de alivianar el brebaje con un chorrito de leche. Estaban, además, los ortodoxos, los que lo tomaban amargo. Yo, entre ellos. Eramos una minoría y sentíamos una especie de superioridad por esa costumbre que nos distinguía.
Yo hice hábito del café sin azúcar gracias al Colorado Vladimiro, que lo tomaba amargo y, además, cargado. Vladimiro era un tipo distinto, cinco años mayor que yo, muy culto y siempre más avanzado que los demás. Cuando todos eran socialistas, él se hizo comunista y cuando todos se hicieron comunistas, él se hizo trotskista. Alguien me contó que a fines de la década del ‘60 ya era peronista.
Vladimiro, que era empleado municipal, llegaba al bar todos los días a las siete en punto de la tarde y se quedaba hasta las diez de la noche. Se sentaba en la misma mesa frente a la ventana y comenzaba a tomar café, uno tras otro, “amargo y corto”. Y hablaba, hablaba todo el tiempo. Más que hablar, daba clases.
No éramos muchos los que compartíamos su mesa. A la muchachada la entretenía más hablar de fútbol o jugar al billar. A mí, en cambio, su charla me fascinaba, aunque a veces tenía dificultades para seguirlo. Tampoco podía empardarlo en la seguidilla de café. Cada tres pocillos que se tomaba Vladimiro, yo tomaba uno. Pero gracias a Vladimiro supe de la existencia de Marx, de Engels y de Trotsky. Y por seguir a Vladimiro descubrí el placer del café amargo.
Dejé atrás a Vladimiro allá por el año ‘57 cuando abandoné Villa del Parque, mi barrio, para siempre. Pasaron muchas cosas en todos estos años y muchas cosas cambiaron, entre ellas el hábito del café cortado. Hoy por hoy la mayor parte de la gente, viejos y jóvenes, piden “un cortado” con total naturalidad. Y hablo de los hombres, por supuesto.
Es curioso. En mis tiempos el cortado casi no existía. En un bar de Villa Devoto, al que conocíamos por “El vómito negro”, el cortado propiamente dicho consistía en un vaso de un cuarto de litro, mitad moscato y mitad fernet.
Pero así son las cosas. Yo me mantuve fiel al café amargo y eso que no soy un ortodoxo ni un sectario en ninguna de las cosas de la vida. En el ‘73 estuve a punto de hacerme peronista, pero nunca le aflojé al café negro y amargo. Sigo sin entender al tipo que le gusta el café y lo destruye con un chorrito de leche, nada menos.
Todas estas reflexiones nacieron después de lo que me ocurrió días pasados. Participaba yo de una larga mesa de convite vespertino en el Petit Café de Diagonal Norte y Carlos Pellegrini –donde reinaba en forma casi absoluta el café cortado– cuando vi pasar a Vladimiro. Era él. No había cambiado mucho. Salí a su encuentro y nos pegamos un abrazo. Luego lo introduje en el local y nos arrinconamos en una mesa alejada. ¿Qué había sido de nosotros? El sabía de mí por mis estrenos y mis apariciones públicas. Le pregunté por su vida. Me contó que estaba jubilado, pero que se ganaba unas extras en la Legislatura como asesor de un diputado de Macri.
Yo estaba tan exultante que ni escuché lo que me decía y le grité al mozo: –Mario, un café... ¡Y que sea corto, qué carajo! ¿Vos qué tomás, Vladimiro?
–Una lágrima
 
 
Aclaración necesaria: buscando un libro de Semiología, "El Cecil", encontré dentro esta contratapa de página 12 del año 2003, la volví a leer y me produjo la misma alegría que la primera vez. Roberto Cossa, escribía muy bien y certeramente describía a sus personajes y su época. Maravilloso!

lunes, 6 de marzo de 2017

Extrañando a Chávez (por Carlos Aznárez)

Con todo respeto, a cuatro años de tu desaparición física Camarada Hugo Chávez Frías, quiero hablarte sin protocolos ni esos candados formales que tú te dedicabas a romper con risa pícara:
Te extrañamos, Comandante, por tu vehemencia a la hora de enfrentar a tus (nuestros) enemigos, a quienes marcaste a fuego sin que te tiemble la mano ni la voz. A todos ellos los fuiste redescubriendo, poniéndolos sobre la superficie y mostrando su brutalidad y avaricia. Extrañamos, mientras nadamos en un mar de politiqueros mediocres y pusilánimes, aquel glorioso día que te aventuraste a denunciar en pleno corazón de las Naciones Unidas que por donde pasara Bush seguiría oliendo a azufre. Quien puede negar que  generaste una total simpatía global entre las y los que sufrieron sus guerras y crímenes genocidas. O cuando atacaste con furia a burócratas, corruptos y alcahuetes de turno que intentaban seducirte con halagos, y escuchando como siempre, la voz del pueblo los pusiste en su lugar. Tampoco te quedaste atrás en denunciar a las multinacionales depredadoras, a los paramilitares que asesinaban líderes y lideresas sociales en Colombia, en México o en Honduras, presintiendo que esa guerra contra los y las luchadoras se iba a extender (como ocurre en el presente) a muchos más países.
Con esa misma claridad pero también con ironía, te adelantaste al futuro que luego se descargó sobre el pueblo argentino, enfrentando a Mauricio Macri en un programa televisivo en agosto de 2003, durante tu visita a Buenos Aires y lo apabullaste apelando a conceptos e ideas políticas revolucionarias contra las que Macri no pudo decir ni pío y quedó expuesto al ridículo. Poniendo la guinda de la torta, y para disfrute de los miles de televidentes que seguían el programa, declaraste mirándolo de frente: “Quien quiera llevarse bien con Dios y con el diablo se vuelve loco”. Al actual Presidente le temblaba el bigote y se llamó a silencio.
Te extrañamos, compañero Hugo Chávez, porque supiste elevar al máximo la moral de tu pueblo, lo enrumbaste por la senda de los Libertadores y les mostraste de manera pedagógica que el bronce donde habían encerrado a Bolívar y otros como él, no era otra cosa que una cárcel para ocultar sus ideas emancipatorias.
Ni qué decir de tus dotes de comunicador, utilizando todos los medios a tu alcance para formar y concientizar a quienes desde siempre habían sido excluidos de los beneficios y la distribución de la riqueza. O de tu lealtad, amistad, cariño, respeto y admiración “de ahora y para siempre” con el Comandante máximo de todas las Revoluciones, al que visitaste antes que nadie, allá por 1994 en La Habana y le confesaste que volverías triunfante. Y cumpliste, para alegría de Fidel y de su pueblo.
Insististe, para terror de la oligarquía como antes lo había proclamado Zamora, que la unidad del pueblo y de las Fuerzas Armadas Bolivarianas harían indestructible a la Revolución. No cediste ni un paso a las presiones de la escuálida oposición y cada vez que los confrontaste en las urnas los aplastaste, al calor de seguir construyendo democracia participativa y no retornar jamás a los tiempos de la Cuarta República.
Cómo no vamos a extrañar tu política exterior, Comandante, si generaste un huracán integrador como no sucedía desde mucho tiempo atrás. El ALBA, Unasur y la CELAC fueron naciendo al calor del compromiso con la Patria Grande, de la mano de Fidel y contando con el apoyo decidido de otros procesos que crecieron bajo el impulso bolivariano y antiimperialista. La palabra Socialismo volvió a imponerse como una meta a alcanzar y te esmeraste en explicar que se trataba de la única herramienta teórica y práctica para enterrar al capitalismo.
A pocos días del Paro Nacional de Mujeres, no se olvida tampoco tu prédica a favor de sus derechos que te convirtieron en el primer mandatario feminista del continente. No por oportunismo como suele ser practicado actualmente por algunos funcionarios sino por convicción de creer que las compañeras se han ido convirtiendo en la vanguardia rebelde de estos tiempos.
No sería justo olvidar que gran parte de lo que construiste para tu pueblo sigue en pie bajo la actual conducción de Nicolás Maduro, al que elegiste en momentos donde ya la vida se te estaba escapando por los poros. Pero también es verdad que aún queda mucho por hacer y que Revolución que no se radicaliza pierde su contenido. No es una profecía sino que surge como consigna desde las entrañas del Bravo Pueblo. También fuiste testigo de las debilidades e incorrecciones que ciertos gobiernos que te doraban la píldora con el sonsonete del progresismo, no quisieron dar los pasos necesarios para alcanzarte y se quedaron envueltos en una maraña  de mezclar capitalismo “humano” con voracidad extractivista. A pesar de esa buena letra, el Imperio ayudó y seguirá ayudando a quitarlos del medio.
Son tiempos complicados los que estamos viviendo, Comandante, sobre todo por el avance de la derecha regional que además de su idiosincracia racista, depredadora y asesina (en estos mismos días estamos recordando a Berta Cáceres), tu legado, tu juvenil estilo de ponerle freno al Imperio y a sus discípulos, sigue fogueando el ánimo y la autoestima de los que se juegan por entero, abajo y a la izquierda, por la Revolución y el Socialismo.
Te extrañaremos siempre, camarada Hugo Chávez Frías y recordaremos cada una de tus enseñanzas a la hora de seguir batallando por una sociedad donde quepamos todos y todas.





martes, 7 de febrero de 2017

Feliz cumpleaños!

Donde estés, si es que estás, feliz cumpleaños.
Pero creo que en realidad esto que acabo de escribir no importa mucho.
Lo que sí importó fueron los años que viviste aquí, con nosotras, con quienes estuviéramos o no ese día que cumplías años. Y todos los otros días.
Yo no estuve en muchos, muchísimos, pero sé que me disculpabas, siempre.
Fue muy bueno tu paso por esta tierra, mucho trabajo, penas, pero también muchas alegrías.
Se te sigue extrañando.
Se me llenan los ojos de lágrimas cuando te recuerdo así como ahora.

Long live mamma!

martes, 20 de diciembre de 2016

Cierre del Taller de Tango 2016



Terminó la función y fue el saludo final y bailar otra vez y volver a sentir los aplausos y después salir al hall de entradas a saludar a los amigos, a los conocidos, a esos que fueron porque les pediste, los otros que fueron a ver a otros pero igual te saludan...
La foto con todos, y otra más con más, y otra con Fran que pasa corriendo mientras dice «Paso»....y reímos, y antes yo también me emocioné, cuando el profe hablaba, porque esto de bailar tango es una diversión, y un hábito y una costumbre, una necesidad imperiosa y de pronto allí estamos todos en un escenario y sonrientes y después ya está, ya terminó....

Luego pizza con amiga y cerveza y comentarios de todo tipo, desde el tango hasta hoy a la mañana...y encontrarse en el restorán con un colega que fue porque lo invité y le gustó y le dan ganas de aprender tango y eso está bueno, muy bueno...
Y ahora al regresar a casa, los pies cansados, un poco de taquicardia vaya una a saber por qué, y recordar el escenario y lo rápido que pasó todo...

Cuando practicábamos en el Alem, era todo más lento y el profe como apuntador: «un, dos, tres y un, dos tres y un dos»...y en la Casa de la Cultura no apuntaba y parecía que los pasos no encajaban con la música, pero miraba a los demás y hacían lo mismo, y entonces sí....
Y era todo muy rápido...muy rápido.

Y de repente terminó, ya todos habíamos hecho todo y llegó el final, y la gente aplaudía mucho...y yo sonreía porque era lindo estar ahí con las pilateras adelante y los niñitos más adelante aún y nosotros ahí atrás...

Y ahora al llegar a casa se me dio por pensar en esas alegorías que hacen sobre la muerte cuando esta se avecina, y una ve pasar toda su vida muy rápido y se me ocurrió que podría llegar a ser como este espectáculo nuestro de hoy, practicamos tanto...y después todo fue tan rápido, antes de darnos cuenta se había terminado.

En nuestro grupo hubo compañeros y compañeras que lo deben haber hecho todo bien, Rubén y yo nos equivocamos varias veces, yo me reí, lo corregí, él me dijo que me apuraba, pero igual terminamos todos al mismo tiempo y el público nos aplaudió a todos y a todas, fue lindo.

sábado, 27 de agosto de 2016

Tres en el tren

 
Las tres hermanas ahí en el asiento de un tren, sin duda el Sarmiento y seguramente yendo a Ituzaingó, a la casa de la abuela.

La foto es en blanco y negro pero el asiento era verde, todos los asientos del Sarmiento eran verdes.

La mayor con sus anteojos y seria, mirando hacia abajo, una vincha blanca en el pelo.
La más pequeña en el medio señalando probablemente la cámara, su cabeza llena de rulos y sonriendo.
Y la del medio del lado del pasillo, también sonriendo y con vincha.
Las tres con un vestidito de similares características y con la misma tela, veraniego, mangas cortas, blanco y celeste hecho por la mamá.

Esos viajes desde Flores a Ituzaingó eran parte de la rutina, debe haber corrido el año 63, la más pequeña tendría dos años y la mayor haciendo el cálculo correspondiente diez, sólo diez años.
Era muy lindo ir a la casa de la abuela los domingos, tenía patio con plantas y árboles frutales, un limonero y un mandarino cada uno en una esquina del mismo lado del patio y un duraznero en el medio que nunca había dado frutos. En realidad también había un naranjo que daba naranjas muy ácidas, siempre pensaron que era por estar tan cerca del limonero.
Sin duda el mandarino era el mejor.

Había un pequeño lavadero y arriba de la mesada un tanque gigante que contenía kerosene para las estufas, con una pequeña canillita con la que se había bañado alguna vez teniendo tres años la hermana mayor, la seria, la de anteojos.
Así al menos lo habían contado en la familia.
En ese lugar se encontraba una pequeña ventana muy alta que daba a un baño chiquito que estaba en la habitación grande, el que se utilizaba como depósito. Desde la ventanita del lavadero se veía un busto de un beduino que estaba en el baño y se traslucía y siempre asustaba en la infancia.

En esa casa de la abuela, donde ella vivía con su mamá, o sea la bisabuela, -la bisabuela que era toda amorosa, bajita y con batón, pelo corto y todo todo blanco sujeto con dos peinetas que también eran blancas, cariñosa y callada y casi siempre barriendo el patio o la vereda-, había un cuarto muy lindo que había sido de la hermana mayor cuando era chiquita y vivían ahí, y la mamá había pintado un friso en las paredes, una hermosa guarda compuesta por distintos cuadros que eran reproducciones de personajes de cuentos que habían sido hechos películas por Disney.
Aparte en ese cuarto había un placar hermoso en la pared, que tenía una puerta bajita donde se guardaban los juguetes.

Los domingos se comían ravioles o fideos en la gran mesa del comedor.
Y el postre solía ser duraznos en almíbar con dulce de leche.
Muchas veces los otros abuelos iban también a almorzar los domingos. Con los otros abuelos se iba a misa, les habían llevado de regalo a las chicas más grandes unos cuadrados de tul blanco como si fueran mantillas, porque a la misa se iba con mantillas.
Y en la misa no se entendía nada porque era en latín, excepto cuando el sacerdote hacía el sermón, y entonces se entendía. Lo único que se sabía de la misa era decir « Et com espiritu tuo » o algo así, que significa « Y con tu espíritu »

No se ve nada más del tren, pero esa tranquilidad hace realmente pensar que era domingo, el tren semi vacío, todas cómodamente sentadas y la alegría de ir a la casa de la abuela.

viernes, 26 de agosto de 2016

Se hizo Justicia

A veces tarda, pero llega. Y eso hace que nos reconciliemos con los jueces probos y honestos. Y por sobre todo que se refuerce en muchos de nosotros que hay que seguir haciendo hincapié en la memoria. Es así: Memoria, verdad y justicia, sin ellas estamos perdidos.
Transcribo la crónica que escribió mi amigo Adrián Camerano, brillante periodista que ahora reside en Córdoba con quien tuve la suerte de compartir en Tierra del Fuego espacios relacionados con los Derechos Humanos y la Cultura popular.





SENTENCIA EN LA MEGACAUSA LA PERLA-LA RIBERA

Postales de una jornada histórica


Sobre las 14 de este 25 de agosto con inusual calor en Córdoba, el presidente del Tribunal Oral Federal N°1, Jaime Díaz Gavier, concluye la lectura de la sentencia con una frase esperada: “Señoras y señores, el juicio ha terminado”. Como un escape de gas, en ese preciso momento se libera la tensión acumulada en años de espera, nervio e impotencia. La Pando insulta, la esposa del condenado Ernesto Barreiro –Ana Maggi- gesticula y los familiares aplauden, lloran, cantan. “Viva la patria” provoca la activista por la impunidad, y de inmediato trona en la sala el consabido cantito “Adónde vayan los iremos a buscar”. ¿Mero folclore? No: la sala está dividida, víctimas y familiares de un lado, imputados y un puñadito de adherentes del otro; policías de uniforme y de civil están diseminados en la sala tapizada de madera lustrada, donde un módico cristo mira a todos desde arriba.
Han pasado unas dos horas de la lectura del fallo en la megacausa La Perla-La Ribera, el proceso de lesa humanidad que durante casi cuatro años juzgó a una cincuentena de responsables del mayor circuito represivo del interior del país. Una decena murió en el camino, otros recibieron penas menores, la mayoría -28- fueron condenados a prisión perpetua, por los más diversos delitos que uno se pueda imaginar.
Llevo unas cinco horas sin sentarme y estoy francamente cansado, pero me autocelebro la decisión de presenciar la sentencia desde adentro.

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¿Ingresar a Tribunales –a la mismísima sala, con suerte-, o vivir la sentencia afuera, con los miles de militantes, estudiantes, activistas, en fin, compañeros? El dilema no es menor. Pueblo o formalidad, emoción o institucionalidad, cantar la alegría por una nueva condena a los genocidas o presenciar una página de la Historia, así, en mayúscula. Arranco temprano este jueves rumbo a Córdoba y por las dudas cargo la vieja credencial que el tribunal me dio el 4 de diciembre de 2012, cuando el juicio inició y yo trabajaba en un periódico que nunca más volví a pisar. Un par de trámites me demoran y cuando son las 11 –la hora señalada para la lectura del fallo- me digo a mí mismo que ya está, que lo veré de afuera en pantalla gigante, como tantos miles, con muchos de los cuales nos hemos cruzado en marchas, actos, talleres, encuentros varios.
Pero el destino tenía una carta guardada. Cruzo el vallado y me dejan entrar al edificio; quién sabe por qué azar, figuro en el listado de medios acreditados. Subo la escalera y el hall de la sala está atestada de gente que quiere entrar, fotógrafos que se putean con las empleadas, camarógrafos que parecen competir entre sí a ver quién tiene la filmadora más grande. Me arrimo a la puerta, un trajeado dice que “la sala está llena, sólo dejaremos entrar a cinco familiares, nada más”, y no sé cómo me abren paso e ingreso, igual que aquella audiencia inaugural.
Estoy casi de incógnito, soy el único periodista en la sala. Me acurruco en un rincón y espero.

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“¡De pie!” grita alguien y se hace un silencio de muerte. Ingresa el tribunal, los fotógrafos y camarógrafos se toman su tiempo para retratar sobre todo a los acusados y comienza la lectura de la sentencia, larga, monótona, tediosa. Pero a la vez emocionante: uno a uno van desfilando en la boca del presidente del tribunal los artífices locales del genocidio. Luciano Benjamín Menéndez, Héctor Pedro Vergez, Ernesto Barreiro, una tríada posible del terror, condenados a perpetua. El mismo destino para “La Cuca” Antón, Carlos Díaz, “Fogonazo” Lardone, y tantos otros. A mi lado, los familiares levantan los carteles con las fotos de nuestros desaparecidos y escuchan, estoicos, cada pena asignada a los imputados.
Cuando Díaz Gavier lee una condena de apenas dos años y monedas, a mi lado escucho el clásico “¡qué culiaos!”. Levanto la vista y veo a un hombre mayor, de unos –pongamos- 60 años, en la mano un afiche de René Salamanca. Es igualito al desaparecido sindicalista de SMATA, un cuadro del Partido Comunista Revolucionario, el mismo partido que en tiempos recientes calificara al lockout de las patronales agrarias como “una rebelión agraria y federal”.
“¿Usted es el hermano?” le pregunto, y me responde: “No, el hijo”. Ni tiempo de avergonzarme: a su lado, una mujer anciana en silla de ruedas aguanta ya las dos horas con un cartel en mano, cerca están Estela de Carlotto, Sonia Torres –Abuelas Córdoba- un poco más allá y una pléyade de funcionarios, desde el gobernador Juan Schiaretti –que siempre llora en estos trances- hasta su vice Martín Llaryora, junto al delasotista Oscar González, reciclado como legislador provincial.
Una razón fuerte para no presenciar el fallo era la posibilidad de cruzarme con estos muchachos, pero qué va: la presencia de Estela, Sonia y Emi D´Ambra compensan el mal trago.

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Al escándalo de Pando y compañía se suma un par de condenados, que gritan y amenazan mientras son retirados de la sala. Menéndez, no. El “Cachorro” asistió impertérrito a la lectura de su condena número 14, doce de ellas a perpetua. El otrora jefe del Tercer Cuerpo del Ejército ya ni bravuconea, exhibe bastón y la mano izquierda vendada y lejos está de aquel general que era amo y señor de la vida y de la muerte en buena parte del territorio nacional.
Otros compañeros de condena, más jóvenes, sí provocan, patalean. Saben que, a sus espaldas, tienen a un par de activistas de apoyo. Pero no alcanza: “Adónde vayan los iremos a buscar” suena otra vez en la sala y estallan las lágrimas, los abrazos, Emi que destaca el valor de los testigos y un tribunal que ni mosquea cuando el público los aplaude, de pie, por el trabajo realizado.
Salgo y afuera me encuentro con miles cantando, bailando, soñando con una patria justa, libre y soberana.
Ahora sí, el juicio ha terminado.


miércoles, 11 de mayo de 2016

Si no se ven, no existen



Mi amiga, trabajadora social, me dice “Cada vez hay más”.

¿Más indigentes?

Más gente que pide.
En la fiesta del ovejero se acercó a la cola de la gente que esperaba que les dieran las porciones de cordero que habían comprado, una chica rubiecita con un cartoncito donde decía que era sordomuda, que solicitaba ayuda.
Ella estaba por ayudarla cuando algún otro en la cola comenzó a decir, “No, re trucha, yo la vi el otro día en la cola del banco y hablaba y todo”.
Sigue contando que otro día afuera del servicio de Salud Mental donde también había bastante gente se acerca una niña de unos 11 años también pidiendo “¿Tiene cinco pesos, tiene cinco pesos?” y lo mismo, estaba por darle, cuando alguien dice “No, esta nena, es muy piola, la vi antes de ayer, después de recolectar por todo el hospital sale y la está esperando el papá en un Gol ahí afuera”.
Y también vio en la panadería que llegó un chico en una bici y pidió si les había sobrado algo y las chicas de la panadería sacaron de abajo del mostrador una bolsa y se la dieron y tenía adentro pan y facturas, y le contaron que sí, que el pibe llega unas tres veces a la semana siempre pidiendo y a ellas les da lástima y le dan.
Y los viejos, los indigentes, los borrachines se refugian dónde pueden. Difícil en este Río Grande que ya en abril tiene temperaturas bajo cero a la noche. Y entonces después se mueren.
Porque chupan mucho y se quedan dormidos y llega la noche con su frío y ellos no se dan cuenta y no se despiertan.
Recordó una canción de Serrat de dos amigos bajo un puente, dos indigentes a la noche, busca en internet y entonces la realidad es la misma en todas partes porque la canción no aparece pero si una crónica que dice “Hasta el momento, 19 personas 14 de ellas en Buenos Aires que, como Pichín, están condenados a dormir en la calle han perdido la vida en Argentina por el frío. Otras 33 han fallecido por intoxicación con monóxido de carbono, debido a manipulación indebida de sistemas de calefacción.
Amanecimos y estaba muerto. No pudimos revivirlo. Hace casi un año que vivimos bajo el puente y no tenemos dónde ir. En los refugios estás peor que acá y en los hoteles que nos consigue el gobierno de la ciudad no nos quieren, decía entre lágrimas una madre de 34 años y unos cuantos hijos, que acababa de perder a su bebé de siete meses, congelado en la noche bajo el puente de la autopista 25 de mayo. Sólo cuando la muerte del niño fue noticia, el gobierno local alojó a la mujer y a su familia en un refugio”.

Y esa crónica era del 22 de julio de 2010. Y claro porque debe haber sido en esa época o quizás antes cuando un hombre de 42 años se murió en el Kiosco Fénix en Río Grande, o lo que había sido el gran kiosco Fénix y pasó a ser sólo un refugio-trampa para indigentes, a la mañana los compañeros lo quisieron despertar y nada, estaba muerto. Hipotermia.

O aquellos otros, pobres, que eran viejos también, y se ve que eran pareja y paraban en la garita de la vuelta del hospital, y la cerraron como pudieron con cartones y nylon y maderas y prendieron un fueguito con los pallets y a la mañana siguiente se descubrió que se habían muerto asfixiados.
Y entonces luego iban a dormir a la guardia del Hospital, y claro a los pacientes, a los enfermeros, a los que limpiaban les molestaba el olor –el olor de los indigentes-y llegó un subsecretario y les hizo “meter goma” como él mismo dijo, y cuando una ex funcionaria se quejó le dijo “Ah ¿querés que te los mande a tu casa?”
Y la misma ex funcionaria antes habló con una monja que había sabido ser enfermera pero estaba jubilada y trabajaba con CARITAS y le dijo que se podía llegar a hacer algo autogestionado por los mismos viejos y la monja le dijo que ella ya se iba que lo pensara mejor, “que había que apoyar lo que tenía la municipalidad”. Pero todos sabían que los indigentes no lo querían, no querían dormir ahí, no les gustaba.
Y después de hablar con la monja habló con la ministra de Desarrollo Social, que le dijo “No me traigas problemas, tráeme soluciones”. Y ella contenta le dijo que sí, que se las llevaba. Que el centro autogestionado, que alguna de las casas que tenía gobierno y estaban desocupadas. Que pedirían donaciones a los comerciantes locales para camas, colchones, cubiertas de cuerina para los colchones, que lo único que tenía que haber era calefacción, agua calentita, sábanas y toallas. Y a la noche una olla grande de guiso y a la mañana una grande mate cocido.
Que si el Hospital ayudaba al Hogar de ancianos de enfrente con tres o cuatro comidas diarias y les lavaba la ropa y todo, a ese lugar que tenía ayuda no estatal y que los mismos internados solventaban económicamente, por qué a este lugar no. Que no se necesitaba personal, solamente una persona para la noche, y que se iba a comprometer a los mismos asistentes a que lo tuvieran limpio y ordenado.
No hubo caso esa no era una solución.
“Es que se van muriendo y ya viene el invierno, y en esa garita de la vuelta ya se murieron tres, y no puede ser”, le dijo a la ministro.
A la otra semana la garita estaba demolida.
“Es que cada vez hay más, ahora mismo hay cada vez más, vienen más. Y ya no son viejos, son jóvenes, está lleno”, dice la trabajadora social. Y cuenta también que “sacaron de cuajo la otra garita, una que ni siquiera era de material, sino de caño y policarbonato, como si fuera una garita del Caribe, no de acá, y la sacaron, la desaparecieron”.
A nadie le interesa, ni en Tierra del Fuego, ni en la Capital Federal, el indigente justamente “no garpa”, debe ser que no votan.
Parece la horrible definición pública de Videla sobre los desaparecidos "Es un desaparecido, no tiene entidad. No está ni muerto ni vivo, está desaparecido...” Eso parece en nuestro país el indigente: un desaparecido.
Si no los vemos: no existen.