jueves, 10 de enero de 2019

Pacto de sangre

Hace un rato, hoy es ya 11/01/19, escuché en la radio am 750 a Alejandro Apo leyendo un cuento de Mario Benedetti.
Me gustó muchísimo y me produjo una emoción tan grande que comencé a llorar, al principio despacito y después como cuando tenía 20 años y lloraba tanto...
Lo comparto.

Mario Benedetti
(Paso de los Toros, Departamento de Tacuarembó,
Uruguay, 14 de septiembre del 1920 — Montevideo, 17 de mayo de 2009)

Pacto de sangre
(Despistes y franquezas, 1989)
      A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda. Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro aún puedo darlos. Ducharme no. Eso no podría hacerlo sin ayuda, pero para mi higiene general viene una vez por semana (me gustaría que fuese más frecuente, pero al parecer sale muy caro) el enfermero y me baña en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qué más remedio. Es más cómodo y además tiene una técnica excelente. Cuando al final me pasa una toalla húmeda y fría por los testículos, siento que eso me hace bien, salvo en pleno invierno. Me hace bien, aunque, claro, ya nadie puede resucitar al muerto. A veces, cuando voy al baño, miro en el espejo mis vergüenzas y nunca mejor aplicado el término. Mis vergüenzas. Unas barbas de chivo, eso son. Pero confieso que la toalla fría del enfermero hace que me sienta mejor. Es lo más parecido al «baño vital» que me recomendó un naturista hace unos sesenta años. Era (él, no yo) un viejito, flaco y totalmente canoso, con una mirada pálida pero sabihonda y una voz neutra y sin embargo afable. Me hizo sentar frente a él, me dio un vistazo que no duró más de un minuto, y de inmediato empezó a escribir a máquina, una vieja Remington que parecía un tranvía. Era mi ficha de nuevo paciente. A medida que escribía, iba diciendo el texto en voz alta, probablemente para comprobar si yo pretendía refutarlo. Era increíble. Todo lo que iba diciendo era rigurosamente cierto. Dos veces sarampión, una vez rubeola y otra escarlatina, difteria, tifus, de niño hizo mucha gimnasia, menos mal porque si no hoy tendría problemas respiratorios; várices prematuras, hernia inguinal reabsorbida, buena dentadura, etcétera. Hasta ese día no me había dado cuenta de que era poseedor de tantas taras juntas. Pero gracias a aquel tipo y sus consejos, de a poco fui mejorando. Lo malo vino después, con años y más años. Años. No hay naturista ni matasanos que te los quite. Ahora que debo quedarme todo el tiempo quieto y callado (quieto, por obligación; callado, por vocación), mi diversión es recorrer mi vida, buscar y rebuscar algún detalle que creía olvidado y sin embargo estaba oculto en algún recoveco de la memoria. Con mis ojos casi siempre llorosos (no de llanto sino de vejez) veo y recorro las palmas de mis manos. Ya no conservan el recuerdo táctil de las mujeres que acaricié, pero en la mente sí las tengo, puedo recorrer sus cuerpos como quien pasa una película y detener la cámara a mi gusto para fijarme en un cuello (¿será el de Ana?) que siempre me conmovió, en unos pechos (¿serán los de Luisa?) que durante un año entero me hicieron creer en Dios, en una cintura (¿será la de Carmen?) que reclamaba mis brazos que entonces eran fuertes, en cierto pubis de musgo rubio al que yo llamaba mi vellocino de oro (¿será el de Ema?) que aparecía tanto en mis ensueños (matorral de lujuria) como en mis pesadillas (suerte de Moloch que me tragaba para siempre). Es curioso, a menudo me acuerdo de partículas de cuerpo y no de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo idea de a qué cuerpo correspondía. ¿Dónde estarán esas mujeres? ¿Seguirán vivas? ¿Las l amarán abuelas, sólo abuelas, y no habrá nadie que las llame por sus nombres? La vejez nos sumerge en una suerte de anonimato. En España dicen, o decían, los diarios: murió un anciano de sesenta años. Los cretinos. ¿Qué categoría reservan entonces para nosotros, octogenarios pecadores? ¿Escombros? ¿Ruinas? ¿Esperpentos? Cuando yo tenía sesenta era cualquier cosa menos un anciano. En la playa jugaba a la paleta con los amigos de mis hijos y les ganaba cómodamente. En la cama, si la interlocutora cumplía dignamente su parte en el diálogo corporal, yo cumplía cabalmente con la mía. En el trabajo no diré que era el primero pero sí que integraba el pelotón. Supe divertirme, eso sí, sin agraviar a Teresa. He ahí un nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Estuvimos tantas veces juntos, en el dolor pero sobre todo en el placer. Ella, mientras pudo, supo cómo hacerlo. Puede ser que se imaginara que yo tenía mis cosas por ahí, pero jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que corroen la convivencia. Como contrapartida, cuidé siempre de no agraviarla, de no avergonzarla, de no dejarla en ridículo (primera obligación de un buen marido), porque eso sí es algo que no se perdona. La quise bien, claro que con un amor distinto. Era de alguna manera mi complemento, y también el colchón de mis broncas. Suficiente. Le hice tres varones y una hembra. Suficiente. El ataque de asma que se la llevó fue el prólogo de mi infarto. Sesenta y ocho tenía, y yo setenta. O sea que hace catorce años. No son tantos. Ahí empezó mi marea baja. Y sigue. ¿Con quién voy a hablar? Me consta que para mi hija y para mi yerno soy un peso muerto. No diré que no me quieren, pero tal vez sea de la manera como se puede querer a un mueble de anticuario o a un reloj de cuco o (en estos tiempos) a un horno de microondas. No digo que eso sea injusto. Sólo quiero que me dejen pensar. Viene mi hija por la mañana temprano y no me dice qué tal papá sino qué tal abuelo, como si no proviniera de mi prehistórico espermatozoide. Viene mi yerno al mediodía y dice qué tal abuelo. En él no es una errata sino una muestra de afecto, que aprecio como corresponde, ya que él procede de otro espermatozoide, italiano tal vez, puesto que se llama Aldo Cagnoli. Qué bien, me acordé del nombre completo. A una y a otro les respondo siempre con una sonrisa, un cabeceo conformista y una mirada, lacrimosa como de costumbre, pero inteligente. Esto me lo estoy diciendo a mí mismo, de modo que no es vanidad ni presunción ni coquetería senil, algo que hoy se lleva mucho. Digo inteligente, sencillamente porque es así. También tengo la impresión de que ellos agradecen al Señor que yo no pueda hablar (eso se creen). Imagino que se imaginan: cuánta cháchara de viejo nos estamos ahorrando. Y sin embargo, bien que se lo pierden. Porque sé que podría narrarles cosas interesantes, recuerdos que son historia. Qué saben ellos de las dos guerras mundiales, de los primeros Ford a bigote, de los olímpicos de Colombes, de la muerte de Batlle y Ordóñez, de la despedida a Rodó cuando se fue a Italia, de los festejos cuando el Centenario. Como esto lo converso sólo conmigo, no tengo por qué respetar el orden cronológico, menos mal. Qué saben, ¿eh? Sólo una noticia, o una nota al pie de página, o una mención en la perorata de un político. Nada más. Pero el ambiente, la gente en las calles, la tristeza o el regocijo en los rostros, el sol o la lluvia sobre las multitudes, el techo de paraguas en la Plaza Cagancha cuando Uruguay le ganó tres a dos a Italia en las semifinales de Amsterdam y el relato del partido no venía como ahora por satélite sino por telegramas (Carga uruguaya; Italia cede córner; los italianos presionan sobre la valla defendida por Mazali; Scarone tira desviado, etc.). Nada saben y se lo pierden. Cuando mi hija viene y me dice qué tal abuelo, yo debería decirle te acordarás de cuando venías a llorar en mis rodillas porque el hijo del vecino te había dicho che negrita y vos creías que era un insulto ya que te sabías blanca, y yo te explicaba que el hijo del vecino te decía eso sólo porque tenías el pelo oscuro, pero que además, de haber sido negrita, eso no habría significado nada vergonzoso porque los negros, salvo en su piel, son iguales a nosotros y pueden ser tan buenos o tan malos como los blanquísimos. Y vos dejabas de llorar en mis rodillas (los pantalones quedaban mojados, pero yo te decía no te preocupes mijita las lágrimas no manchan) y salías de nuevo a jugar con los otros niños y al hijo del vecino lo sumías en un desconcierto vitalicio cuando le decías, con todo el desprecio de tus siete años: che blanquito. Podría recordarte eso, pero para qué. Tal vez dirías, ay abuelo con qué pavadas me venís ahora. A lo mejor no lo decías, pero no quiero arriesgarme a ese bochorno. No son pavadas, Teresita (te llamás como tu madre, se ve que la imaginación no nos sobraba), yo te enseñé algunas cosas y tu madre también. Pero por qué cuando hablás de ella decís, entonces vivía mamá, y a mí en cambio me preguntás qué tal abuelo. A lo mejor, si me hubiera muerto antes que ella, hoy dirías, cuando vivía papá. La cosa es que, para bien o para mal, papá vive, no habla pero piensa, no habla pero siente.
      El único que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto, que se llama Octavio como yo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba la imaginación). Ahí está la clave. Cuando le digo Octavio. Le digo. Porque con mi nieto es con el único ser humano con el que hablo, además de conmigo mismo, claro. Esto empezó hace un año, cuando Octavio tenía siete. Una vez yo estaba con los ojos cerrados y, creyéndome solo, dije en voz no muy alta pero audible, carajo, me duele el riñón. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera había entrado mi nieto. Pero abuelo, estás hablando, dijo con un asombro alegre que me conmovió. Le pregunté si había alguien en la casa y como dijo que no, que no había nadie, le propuse un convenio. Por un lado él mantenía el secreto de que yo podía hablar, y por otro, yo le contaría cuentos que nadie sabía. Está bien, dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Salió y volvió casi enseguida con una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y un paquete de algodón. Se las arregla muy bien y además conoce esos trámites desde que le dieron toda una serie de inyecciones con una vacuna contra la alergia. Con toda tranquilidad me hizo un tajito minúsculo y él se hizo otro, ambos en las muñecas, suficientes como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas mínimas y nos abrazamos. Octavio humedeció el algodón con un poco de alcohol, lo apoyó en ambas señales secretas hasta que no salió más sangre y salió corriendo a dejar todo su instrumental en el botiquín. Desde entonces, y siempre que quedamos solos en la casa, algo que ocurre con frecuencia, él viene a que, en cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, inéditos. Cuando salen mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuidás al abuelo, y él responde que sí, con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un guiño cómplice, y no bien se escucha el portazo que garantiza nuestra intimidad, trae una silla, la coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben ser totalmente nuevos. Y ahí viene mi problema, porque buena parte del día me la paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad pergeñando el próximo cuento y cuidando hasta los mínimos detalles, ya que si en un cuento anterior el zorro se había lastimado una pata en una trampa y ahora anda corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que aún no tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de erratas oral y donde dije corre debe decir renquea. Y si el viejo brujo de la montaña se había quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en un cuento posterior se peinaba mirándose en la laguna, Octavio enseguida observa, pero cómo ¿no era calvo? Y ahí puedo salir un poco mejor del atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, puede, mediante un ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso de que él quede pelado, también podrá recuperar el pelo. Vos no, lo desengaño, porque no sos ni serás brujo. Y él dice que lástima y tiene un poco de razón, porque si yo hubiera sido brujo también me habría hecho crecer el pelo que perdí sin remedio antes de los cincuenta. No soy yo el único que narra, también él me cuenta lo que ocurre en el colegio, en la calle, en la televisión, en el estadio. Es hincha de Danubio y se asombra de que yo sea de Wanderers. Trato de hacer proselitismo, pero evidentemente no hay nadie capaz de convertirlo en tránsfuga. Entonces le cuento viejos partidos o jugadas célebres, como cuando Piendibeni le hizo el célebre gol al divino Zamora, o cuando el manco Castro usaba con alevosía su muñón en el área penal, o cuando el flaco García mantuvo invicta su valla (claro que los backs eran nada menos que Nazassi y Domingos da Guía) durante una rueda y media, o cuando Ghiggia hizo el gol de la victoria en el Maracaná, o cuando o cuando o cuando, y él me escucha como a un oráculo y yo pienso qué suerte que todavía puedo hablar para crear este asombro suyo y este placer mío.
      La verdad es que no recuerdo cómo eran mis hijos cuando tenían la edad que hoy tiene Octavio. El mayor murió. ¿Cuánto hace que murió Simón? Fue después de lo de Teresa. Al fin y al cabo, ¿qué importa la fecha? Murió y se acabó. No tuvo hijos, creo, ¿o los habré olvidado? Nunca estoy seguro de mis lagunas, que a veces son océanos. El segundo, Braulio, sí los tuvo, pero todos están en Denver, ¿qué habrá ido a hacer allí? La verdad es que no recuerdo. A veces manda fotos, tomadas con su encantadora Polaroid, o alguna postal, con un abrazo para el Viejo. Soy yo. Él no me dice abuelo, me dice Viejo. Me cago en la diferencia. Reconozco que una vez me mandó una radio a transistores. Todavía la tengo y a veces la oigo. Pero a menudo se queda sin pilas y tendría que pedirlas. Pero no pido nada. Nunca pido nada. Reconozco que soy un orgulloso de mierda, pero a esta altura no voy a reeducarme, ¿no es cierto? Total, el que me jodo soy yo, porque si la radio tuviera siempre pilas, podría escuchar alguno que otro partido, no muchos porque los locutores en general me cansan con su entusiasmo fingido y sus fallas de sintaxis. También podría escuchar el Sodre cuando pasan música clásica, que es la única que digiero. La alegría que tuve aquella tarde en que pude escuchar el Septimino. Lo tenía en disco, hace tiempo, vaya a saber dónde está. Quizá lo de las pilas podría solucionarse, sin mengua de mi podrido orgullo, diciéndoselo a mi nieto, para que éste, en cumplimiento de nuestro pacto de sangre y guardando siempre nuestro secreto, le dijera a mi hija, mirá la radio del abuelo está sin pilas y entonces lo mandaran a la ferretería de la esquina para que me las trajera. Con eso alcanza. Yo las sé colocar, aunque a veces las pongo al revés y la radio no funciona. En alguna ocasión me ha llevado un buen cuarto de hora hallar la posición adecuada para las cuatro de 1,5 voltios, pero igual me sirve para entretenerme un poco. ¿Qué más puedo hacer? Leer, ya no puedo. Televisión, tampoco. Pero escuchar la radio o cambiarle las pilas, sí. Mi tercer hijo se llama Diego y está en Europa, enseña en Zurich, me parece, sabe alemán y todo. Tiene dos hijas que también saben alemán, pero en cambio no saben español. Qué cagada, ¿verdad? Diego es menos escribidor que Braulio, y eso que su especialidad es la literatura, pero, naturalmente, la literatura suiza. Para las navidades manda también su tarjeta, en la que las niñas ponen sus saludos pero en alemán. Yo no sé alemán, apenas un poco de inglés para defenderme en correspondencia comercial, de la que yo mismo me encargaba cuando era gerente de La Mercantil del Sur, Importaciones y Exportaciones. Digamos, frasecitas como I acknowledge receipt of your kind letter, o Very truly yours, lo suficiente para que los de allá puedan contestar Dear sirs, o Gentlemen. También ese hijo menor a veces me manda algún regalito, verbigracia un llavero suizo de oro 18 quilates. En esa ocasión sonreí, como diciendo qué lindo, pero en realidad pensando qué boludo, para qué quiero yo un llavero de oro 18, si estoy aquí semipostrado.
      De modo que mis contactos con el mundo se reducen a mi hija, cuando entra y me dice qué tal abuelo, a mi yerno cuando ídem, de vez en cuando al médico, al enfermero cuando viene a lavar mis pelotas ya jubiladas, y también el resto de este cuerpo del delito. Bueno, y sobre todo, está mi nieto, que creo es lo único que me mantiene vivo. Es decir, me mantenía. Porque ayer por la mañana vino y me besó y me dijo abuelo me voy por quince días a Denver con el tío Braulio, ya que saqué buenas notas y me gané estas vacaciones. Yo no podía hablar (y no sé si hubiera podido, porque tenía un nudo en la garganta) ya que también estaban en la habitación mi hija y mi yerno y ni yo ni mi nieto íbamos a violar nuestro pacto de sangre. Así que le devolví el beso, le apreté la mano, puse un instante mi muñeca junto a la suya como testimonio de lo que ambos sabíamos, y sé que él entendió perfectamente cuánto lo iba a extrañar ya que no iba a tener a quién contarle cuentos inéditos. Y se fueron. Pero tres o cuatro horas más tarde volvió a entrar Aldo, sólo Aldo, y me dijo, mire abuelo que Octavio no se fue por quince días sino por un año y tal vez más, queremos que se eduque en los Estados Unidos, así aprende desde niño el idioma y tendrá una formación que va a servirle de mucho. Él no se lo dijo porque tampoco lo sabía. No queríamos que empezara a llorar, porque él lo quiere mucho, abuelo, siempre me lo dice, y yo sé que usted también lo quiere, ¿no es así? Se lo vamos a decir por carta, aunque mi cuñado lo va a ir preparando. Ah, y otra cosa. Cuando ya se había despedido de nosotros, volvió atrás y me dijo, dale un beso al abuelo y que sepa que estoy cumpliendo nuestro pacto. Y salió corriendo. ¿Qué pacto es ése, abuelo? Cerré los ojos por pudor, aunque como siempre lagrimeo, nadie sabe nunca cuándo son lágrimas de veras, e hice un gesto con la mano como diciendo: cosas de niños. Él se quedó tranquilo y me abandonó, me dejó a solas con mi abandono, porque ahora sí que no tengo a nadie, y tampoco a nadie con quien hablar. Me tomó de sorpresa todo esto. Pero quizá sea lo mejor. Porque ahora sí tengo ganas de morir. Como corresponde a un despojo de ochenta y cuatro años. A mi edad no es bueno tener ganas de vivir, porque la muerte viene de todos modos y a uno lo toma de sorpresa. A mí no.
      Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita ni Aldo. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré ni chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Noy sin Navidad conmigo


Debe haber quienes ni siquiera se dieron cuenta que estuvo en Río Grande, o en mi casa, que estuvo recitando poesía amorosamente y haciéndonos escribir un cadáver exquisito y luego leerlo como si lo hubiera escrito Borges o Alejandra Pizarnik, su amiga…
Están los otros que lo vieron conmigo y con Gustavo y lo escucharon agradecer y anoche nomás me escribían algún mensaje que decía “Decile a Fernando que una de estas tardes lo invito a tomar un café...”
Están los más cercanos a quienes informé qué era lo que había pasado, por qué no estaba más en casa…

Están las fotos de su paso por Río Grande, por mi muestra de fotos, estoy yo, está Camille, están aún un par de zucchinis hervidos en la heladera junto a un puñado de chauchas…

Y él no está.

Está su libro “Peregrinaciones profanas” que aún no terminé de leer, porque voy como decía Lorda, a un capítulo por día, pero es poco, a veces es mucho, depende del tema…

Cómo explicar que alguien que conociste, bancaste, te cayó bien, de pronto te agobió con su charla y sus anécdotas?
En algún momento le escribí a Lorda medio en chiste, medio en serio “No es él, soy yo”. Y de veras creo que era yo...que estoy acostumbrada a mi soledad, mi silencio, mis programas de radio...y entonces tanta conversación me cansaba mucho…
Como sea en un punto decidí tomar distancia de Noy, y a pesar de haberle dicho que iba a pasar con él la Nochebuena, decidí a acompañar a mi amiga Susana, que me dijo que no iba a hacer nada...que iba a “tomarse la botella de sidra hasta quedarse dormida...” Y me pareció que no estaba bien eso, dejarla sola tomando sidra, y le propuse acompañarla, y ella aceptó de buen grado.

Recuerdo mi última Navidad antes que falleciera mamá, y la suya: diciembre 2011, ambas íbamos a estar solas, y habíamos quedado en que nos íbamos a llamar a las 12 de la noche y que íbamos a brindar juntas. Yo me había comprado una botella de champagne chiquita y no recuerdo con qué brindaba mamá….(yo en esa época había dejado de beber alcohol, pero sí brindaba).
A las 12 nos llamamos y cada una a 3000 km de la otra levantó su copa….yo, que había armado un pequeño pesebre que me supo regalar mi amiga Adriana, no lograba encontrar al “bebito”...y así se lo dije a mamá, y ella se reía y me decía, “Cris, cómo el bebito?...el niño Jesús”.
Estuvimos juntas esa noche, aunque lejos una de la otra...pero 5 meses más tarde mi mamá se murió.
Es como que hace años que no le doy importancia a estas fechas, y al final resulta que sí...y traté muy desaprensivamente a Noy, dejándolo en banda en Navidad y no sé si tiene arreglo.

Lo de Noy y yo sí, hace un rato me llamó a mi teléfono fijo al que salvo los encuestadores y Celia, nadie llama, y me contó que se iba, y que se había emocionado cuando vio que le había puesto en una bolsa que le llevó Lord Gustavo = Lorda,




el perfume que le había regalado y que le había gustado...y que ya nos veríamos en Buenos Aires…

Feliz Navidad! Quizás tenga arreglo...

jueves, 6 de diciembre de 2018

Noy hoy, Humberto ayer


La dejé a Noy en su hotel y me volvía a casa.
Doblé en San Martín, y las lágrimas comenzaron a llegar de a poquito, suavecitas las primeras, hasta que termina todo con un gran suspiro y un llorar a moco tendido que es ahora, cuando quiero traducir los sentimientos en palabras.
La dejé a Noy luego de su hermoso “ritual” de lectura de las poetas que más amó, que mejor conoció, con quienes más compartió, a quienes tradujo…
Venía bien luego de dejarla, y empecé a pensar en mi amigo Humberto, lo recordé diáfano, pleno, contento…
Humberto era gay y nunca me lo había dicho, lo descubrí yo solita.
Lo descubrí después de enamorarme de él, en verdad yo me enamoraba de casi todo el mundo, y una noche al fin de una fiesta, en un taxi lo tomé por asalto, lo besé, lo abracé, y él aceptó en parte todos mis arrebatos y luego me dijo que ya hablaríamos. La siguiente vez que lo vi me pidió que lo disculpe, que había tenido una mala experiencia con una chica y prefería esperar.
Me destrozó el corazón. ¿Me destrozó el corazón?
Creo que definitivamente no.
Se lo comenté igual a mis compañeros de guardia que habían sido testigos de mi arremeter contra él.
La siguiente cena a compartir iba a ser justamente en la casa de Humberto. Me dio la llave de su casa –vivía con Julio en Córdoba y Puyerredón- con anticipación, yo podía llegar antes y comenzar a preparar todo. Llegué, comencé a preparar todo y ya que estaba a chusmear las habitaciones. Había fotos de Humberto y Julio en todas y cada una de ellas. En distintos lugares de vacaciones, tomados de la mano, sujetos por la cintura, tomados por los hombros, corría el año 83, fin de ese año, comienzo del 84.
Cuando llegaron el resto de los compañeros de la guardia en un momento recuerdo que tomé a uno lo llevé a uno de los cuartos y mostrándole una foto de Humberto y Julio le dije…qué te parece…esta es la chica…por esto no podía estar conmigo.
Pasó esa noche, Humberto y yo nos convertimos en grandes amigos, mi mejor amigo, el más querido.
Aún recuerdo como si fuera hoy cuando me dijo que lo mejor que le había pasado en la vida había sido participar del carnaval de Rio de Janeiro y haberse podido vestir de mujer.  ¡Le había encantado! ¡Fue feliz!
En el año 87 nos vinimos con mi familia a vivir a Río Grande, Tierra del Fuego, y con mi marido habíamos arreglado que Humberto se quedaría en casa. No pagaría alquiler, pero sí se ocuparía de pintar, de plastificar los pisos y otras cuestiones que no habíamos podido resolver, eso por el lapso de 6 meses, luego veríamos.
Mi ex suegra y mis ex cuñadas se ensañaron con Humberto. Mi ex suegra que era dueña de la cuarta parte de nuestro departamento decidió que quería venderlo y que Humberto se tenía que ir. Humberto en un punto se fue. A pesar de esa actitud horrible, él y yo seguimos siendo amigos.
Cuando yo volvía a Bs As tenía dos amigos a quienes ver: Cecilia Freire y Humberto Achával.
En el año 92 cuando se acercó el día del amigo, me di cuenta que hacía rato que no hablaba con Humberto. En época de no celulares, ni internet, llamé por teléfono a Humberto y nadie contestó. Llamé más tarde y tampoco. Finalmente me decidí y llamé a Julio, su ex compañero, el del viejo departamento, y Julio me contó que Humberto había fallecido poco tiempo antes, había enfermado de SIDA, su mamá se lo había llevado a Santiago del Estero, había tenido complicaciones siquiátricas graves y había muerto.

Fue terrible para mí en ese momento, sigue siendo terrible ahora.
Cuando veo a Noy, tan lleno de vida, tan contento, tan disfrutando, recuerdo a Humberto y pienso en cuán distinto podría haber sido todo si sólo hubieran sabido.
Si sólo se hubieran cuidado.
Y me duele su dolor, me duele la injusticia, me duele que no haya sido feliz.
Me duele no tener una foto de Humberto para adjuntar a mi historia.
Me duele mi dolor.


miércoles, 15 de agosto de 2018

15 de agosto: Santa María

En realidad el 15 de agosto según el Santoral es  el día de la “Solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, que, acabado el curso de su vida en la tierra, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria de los cielos”.
Pero en casa, para nosotros era Santa María.
Y mi bisabuela se llamaba María. María Gutiérrez de Diz.
Y por ende el 15 de agosto festejábamos su cumpleaños-santo. Cuando era chica me había quedado la idea que como la bisabuela había sido una niña expósita, y en aquellas épocas -1877- no se anotaba a los niños apenas nacían sino que a veces pasaban unos cuantos días o meses, habían dejado estipulado el día del santo para festejarle.
En verdad recuerdo sólo 2 cumpleaños. Uno fue en la casa de la tía “Perfa”, la hija mayor de la bisabuela; María Perfecta Diz, “Perfa”, que sí y como su nombre lo indicaba había nacido un 15 de agosto, modista de alta costura que vivía en el barrio de Once. Recuerdo su casa como si ayer hubiera vuelto por última vez, me encantaba. Era un primer piso por ascensor aunque en aquellas épocas “El propietario no se responsabilizara por el uso del mismo…habiendo escaleras…”, genial ese cartel. Un lavarse las manos ante la tecnología impresionante, en la calle 24 de noviembre casi Belgrano, cerca del Hospital Ramos Mejía.
Era un departamento de dos dormitorios, living, comedor, cocina, pero aparte había una escalera caracol que llevaba a un cuartito en el segundo piso donde la tía tenía su cuarto de costura. Y allí estaba toda la magia de ese lugar, mucho no me gustaba el subir la escalera, era como que pasábamos por un lugar donde estaba el techo del departamento de abajo, y en ese techo algo que ahora llamaríamos “membrana”, de color negro, y sobre la que había gran cantidad de …basura…nada grave, papeles, por suerte hace 55 años tanto plástico no habría, pero no era lindo de ver, no me gustaba, y también había un olor particular en esa subida…pero llegar arriba: era la gloria!
La tía tenía un maniquí gigante, una mesa inmensa sobre la que descansaban cortes de tela, tijeras, cintas métricas, alfileteros, hilos de distintos colores, muchas tijeras, una escuadra gigante!, tizas varias de distintos colores y muy finitas, cuadernos con muchísimos números, un gran canasto bajo la mesa con cientos de retazos de tela que ella siempre me ofrecía para hacerle “vestiditos a las muñecas” y que yo aceptaba de buen grado. Por supuesto que también había un par de máquinas de coser, una Singer y otra.
Como sea lo que más me maravillaba era un imán…gigantesco! Y la tía me decía…”Querés juntar los alfileres y agujas que están por el piso?”. Y yo siempre quería.
Y entonces fue uno de los cumples de mi bisabuela, de la abuela “Ata” como yo la llamé siendo muy pequeña, yo debo haber tenido unos 9 años calculo. A poco de llegar mi tía me dice “Vamos a hacer un chocolate con vainillas, pero calculé mal, podrías Cristinita ir a comprar media libra más de chocolate?” Y lógicamente dije que sí, me explicaron dónde ir, lo memoricé…y me repetía “media libra, media libra”. Yo no sabía qué era una media libra, yo sabía lo que era una tableta de chocolate….pero media libra…
Finalmente llegué al negocio y pedí lo indicado, y por suerte la señora me entendió y me dio…una tableta de chocolate para taza, el mismo que comprábamos en casa…
Es muy rico el chocolate con vainillas en Buenos Aires en agosto.
El segundo que recuerdo es cuando la bisabuela cumplió 90 años, o bien decidieron que esa era la fecha. Ya vivíamos en Flores de nuevo pero, el cumple se hizo en Ituzaingó, en la casa que mi abuela Delia compartía con su mamá…Ata. Mamá hizo una torta de tres pisos, la cubrió con un baño hecho con pasta de almendras de color verde –Tito el marido de mi madrina Marta que era odontólogo decía que tenía clorofila- y le puso 90…sí: noventa velitas!
Y en verdad, no recuerdo ningún otro, la abuela Ata murió antes de cumplir 91, porque murió el 2 de agosto del 68, yo aún no había cumplido 15 años. Fue muy triste. Sus últimos días los pasó en la casa de la tía Perfa, luego de una cirugía de fractura de cadera, sin haber recuperado nunca del todo la claridad mental.
Hacía 50 años casi que las lágrimas no acudían a mis ojos con estos recuerdos.
Feliz santo abuela Ata!


miércoles, 8 de agosto de 2018

Operación "araña" en Chacra II, Río Grande, TDF, el 7/8/2018

Escrito por mi amiga Celia Pérez Mathiasen, bibliotecaria jubilada del Poder Judicial de TDF, Zona Norte.

La noche de los pañuelos verdes

 Éramos dos jubiladas con ánimo de estudiantes, dos o tres mujeres de más de 40 y varias bastante más jóvenes. Formamos una de las varias cuadrillas que casi a medianoche manifestaron su apoyo a la ley del IVE anudando pañuelos, cintas y banderas verdes en sitios públicos. Lloviznaba y poca gente andaba por la calle. Barro por doquier.
   
 A nuestro grupo le tocaron Chacra 4 y San Martín de I. Malvinas hasta el final. Dejamos nuestra huella en mástiles, postes, rejas. A la estatua del P. Zink fue imposible abrigarle el cuello por su altura, pero un brazo sirvió. Sí alcanzamos el cuello del shelknam de San Martín y Pellegrini. En el puente peatonal sobre la ruta 3, atamos pañuelos y desplegamos banderas. Por anudar un trapo verde a una máquina vial, me mojé los pies; poco me importó: me sentía otra vez a principios de los ’70.
  
 Otras compañeras se encargaron de las deformes bestias de la Plaza de los Animales. Nada quedó mejor que las blancas ovejas del monumento encabezado por la leyenda Ovejero Fueguino, por si alguien dudara de lo que representa. Cuando fuimos a verlo con nuestros propios ojos, los animales estaban como siempre. Una de nosotras observó un bulto verde en la vereda y se abalanzó a recogerlo, impregnado de nafta. Los machos de la gomería El Ciclón se reían.
   
 Hoy, cerca del mediodía, al ona se le enfriaba el cuello y no vi más verdes que los del puente.






martes, 24 de abril de 2018

Lo descubrí! El por qué de los nombres y apellidos...


Aunque parezca increíble, acabo de darme cuenta hace un rato a mis 64 años, por qué nombro a la gente por su nombre y apellido.
Nunca un José, un Toto, un Juan….
Siempre fueron José Martínez (ni siquiera su apodo Pan crudo), Toto Montes, Juan Salvadori o Juan Ravenna o…
Siempre así y hace un rato, pensando en algo que escribí hace poco acerca de una amiga de mi madre: Carmencita Castro Sánchez, recordé de golpe y porrazo todos juntos y todos al mismo tiempo los demás nombres.
Estelita De Michino, Alberto Mingote, Inés Reynafé, Perla Pajot, Josefina Viurrarena, Nora Cicero, Beby Wouters, Chicha Romeo….Rubén Covella….Martha Brocca….Yida Fasulis….
Cómo nombrar a la gente de otro modo si mamá siempre lo hizo así...con nombre y apellido.

El otro día le contaba a un amigo de hace poco cuando en algún momento de sus dos años casi y medio, Eliseo abrió la puerta de casa, de nuestra casa de Santa Rosa 24 y cuando le preguntó a quien llamaba quién era y el individuo en cuestión le dijo simplemente “Tito”, Eliseo preguntó: ¿Tito Farkas? Ante lo cual esta persona sólo pudo asentir y preguntarse a sí mismo cómo podía ser que este niño tan pequeño lo conociera.

Creo que de verdad para muchos lectores (tengo lectores?) esto pueda parecer extrañisimo pero en verdad, aunque no lo crean….lo acabo de descubrir.
Y es que en verdad es así, no? Nada nace de un repollo….

domingo, 22 de abril de 2018

Era un buen tipo mi viejo....






Hoy hace37 años que se murió mi viejo. Me estoy acordando desde ayer porque siempre ato dos acontecimientos, el cumple de Pablo y la muerte de mi viejo. Creo que cuando se murió papá no saludé a Pablo por su cumple.
Hace unos años luego que falleciera mamá, fui a tomar el té con una muy querida amiga de ella: Carmencita. Carmencita se acordaba perfectamente del día de la muerte de papá. Él y su marido había sido amigos, compañeros del Liceo militar quizás, ahora no lo recuerdo bien, se mezclan los hechos del pasado y no hay quién nos los aclare.
Mi papá se murió muy joven, 52 años. Casi al mismo tiempo que lo estaban por dar de alta. Fue terrible, incomprensible, deletéreo.
Llamaron a casa a las 3 ó 4 de la mañana, del Sanatorio del Docente donde estaba internado.
Fue horrible porque al llegar con mamá y correr hacia su habitación, donde lógicamente no estaba, el pobre médico de guardia del piso intentaba explicar lo inexplicable. Y contaba eso, que intentaba leer la historia clínica mientras mi viejo se ahogaba por un tromboembolismo pulmonar agudo.
Después yo quise llegar en vano hasta la morgue. Hicimos trámites, llamamos a un pariente que trabajaba en una Empresa fúnebre, me comí todas las uñas. Siguió lo demás, el velorio, mi madre destruida, yo también, ver a papá ahí en un ataúd y darnos cuenta que no era él, que él ya se había ido.
Papá aún durmiendo tenía la frente surcada de arrugas horizontales, como si siempre estuviera contrayendo el frontal, y ese día no.
A mi hijo Juan que era el mayor, le dije una huevada a vela, que el abuelo como era marino, se había ido de viaje en un barco…pero claro…no iba a volver. Creo que unos años más tarde su papá fue más claro y le brindó una explicación más acertada.

Hoy leí algo que escribió una amiga de Río Grande, quien decía que desearía que si Dios le pudiese conceder un deseo ese fuera de cambiar algunos años de su vida por un día con su padre vivo como ella lo recordaba. Tan amorosamente como ella lo recordaba.
Me quedé pensando mucho en eso, y en verdad, a pesar de la forma en que nos  manejábamos en la familia, pocas palabras, pocas explicaciones, mucha culpa, yo no sé si necesitaría un día más con mi viejo. Pero sí me gustaría volver a verlo, como lo vi en mi sueño el otro día, y le contaba qué males físicos me aquejaban y cómo, y él preguntaba y volvía a preguntar.
Mi papá tampoco conoció a mis hijos menores a Panda y Eliseo, estaría bueno presentárselos. Y menos que menos a Ernesto, mi nieto, por quien dejó de fumar mi vieja. Creo que a pesar de nuestras grandes diferencias mi viejo estaría orgulloso de mí, y habría sufrido cuando sufrí, y me habría consolado cuando lloré. Independientemente de la genética, yo no sería quién soy sino fuera por mi viejo y mi vieja.
Mi viejo cometió errores, muchos, en su juventud temprana, otra historia personal, otro mundo, otra educación, se arrepintió por ellos aunque nunca le hubiera dado el cuero más que para escribirlos en una carta a una hija que se había ido un poco lejos –yo, que aún guardo esa carta- y lo disculpo por sus errores.
Me da mucha pena que se haya ido tan tempranamente, y aunque hayan pasado 37 años hoy, lo recuerdo con respeto y cariño.